El Trastorno del Espectro del Autismo (TEA) es una condición del neurodesarrollo que forma parte de la diversidad humana y que influye en la forma en que una persona percibe, comprende y se relaciona con el entorno y con los demás.
El término “espectro” refleja la gran variabilidad existente entre las personas autistas: cada una presenta un perfil único de fortalezas, intereses, formas de comunicación y necesidades de apoyo.
El TEA tiene un origen neurobiológico, relacionado con una configuración particular del sistema nervioso y del funcionamiento cerebral, presente desde los primeros años de vida y a lo largo de todo el ciclo vital.
Actualmente, los manuales diagnósticos de referencia —la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) y el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5-TR)— agrupan bajo esta denominación a los diagnósticos anteriormente conocidos como Síndrome de Asperger, Trastorno Desintegrativo Infantil y otros Trastornos Generalizados del Desarrollo.
Más allá de la etiqueta diagnóstica, es importante comprender el autismo desde una mirada respetuosa y centrada en la persona, reconociendo tanto las dificultades que pueden aparecer en la comunicación social o la flexibilidad de comportamiento, como los valores, capacidades y formas de estar en el mundo que caracterizan a cada individuo.




Su afectación en muy variable tanto en la sintomatología como en su intensidad. Resulta complicada encontrar dos personas iguales a pesar de tener el mismo diagnóstico, hay múltiples variables que condicionan cuales van a ser sus capacidades o sus necesidades de apoyo.
A pesar de esta variabilidad individual, todas las personas afectadas presentan dificultades en la interacción y la comunicación social e intereses restringidos y comportamientos repetitivos. Es un trastorno que afecta especialmente al componente social de la persona.
Dificultades en la interacción y la comunicación social.
Las dificultades pueden aparecer tanto en la comprensión como en la expresión.
En la comunicación verbal: Pueden tener habilidades lingüísticas adecuadas, pero tener dificultades para tener una comunicación recíproca o en un contexto social determinado.
Otras personas no tienen lenguaje verbal y necesitan usar sistemas alternativos de comunicación para comunicarse.
En la comunicación no verbal: Las personas con TEA pueden tener dificultades para extraer el significado de gestos, expresiones faciales o otros elementos necesarios para la comprensión de diferentes situaciones sociales.
Las dificultades en las habilidades para la interacción social se pueden manifestar como dificultades para comprender entornos sociales y saber desenvolverse en ellos. Lo que les puede llevar a tener comportamientos socialmente inadecuadas, no comprender reglas sociales, dificultades para la comprensión ,la expresión emocional y otras.
Intereses restringidos y comportamientos repetitivos.
Forma de pensar, pueden presentar dificultades respecto a su flexibilidad, esto provoca dificultades de adaptación a diferentes contextos o situaciones, pudiendo llegar a provocar resistencia a los cambios los cuales le puede generar malestar o ansiedad.
Estímulos sensoriales, algunas personas con TEA presentan alteraciones en el procesamiento de estímulos sensoriales, lo que puede provocar un malestar intenso o un interés inusual en algunos de ellos.
No es una enfermedad, por lo que no tiene cura ni medicación que mejore los síntomas específicamente relacionados con el diagnóstico TEA. El trastorno se mantendrá a lo largo de todo su ciclo vital.
En cambio, existe una gran evidencia que nos dice que una detección precoz, una atención especializada y temprana que integre el trabajo con la familia y las personas que forman parte de sus redes de apoyo, mejora significativamente el desarrollo y la calidad de vida de la persona y sus familias. Adaptar los apoyos a las diferentes necesidades que aparecen en los diferentes ciclos vitales es también esencial para conseguir esta mejora en la calidad de vida.
En la actualidad no existen evidencias científicas que determinen una única causa, pero sí existen evidencia que demuestran que hay una gran implicación del componente genético. Aún es necesaria mucha investigación hasta descubrir cual es la causa de la aparición del trastorno.
Respecto a lo que sí hay acuerdo unánime en la comunidad científica, debido a las múltiples investigaciones que se han llevado a cabo para determinarlo es en que las vacunas, más en concreto las vacunas que se ponen a los niños pequeños (sarampión, paperas y rubeola), no tienen ninguna relación con la aparición del TEA.
No se cuentan con censos o estudios poblacionales concretos en la actualidad que nos ayuden a determinar de manera exacta cual es la prevalencia del trastorno en nuestro país.
Lo que sí es fácil determinar es un aumento en el numero de casos en los últimos años, posiblemente debido a la mayor precisión de los instrumentos de diagnostico y a la mayor visibilización del trastorno en la sociedad.
Los estudios epidemiológicos llevados a cabo en Europa nos hablan de que 1 de cada 100 personas es TEA (Autism- Europe aisbl 2015).
No existen pruebas médicas de ningún tipo que sirvan para diagnosticar el TEA, por lo que la única herramienta diagnóstica aceptada es la realización de pruebas estandarizadas de diagnóstico en el trastorno.
Estas pruebas se basan en la observación sistemática de distintas situaciones y comportamientos del niño o niña, es muy importante que sean llevadas a cabo por personas formadas específicamente en estas herramientas diagnósticas y que tengan una amplia experiencia y formación en el Trastorno del Espectro del Autismo.
